Lluvia en París III

Por la tarde me arreglé un poco más. Me maquillé y me vestí con unos leggings y una camiseta de tirantes negra. Me puse mis bambas Addidas blancas y rosas, cogí una sudadera rosa palo y salí a la calle a pasear. Había dejado de llover mientras comía y, aunque todavía estaba nublado, decidí dejar el paraguas en casa.

Doblé la esquina de mi calle y me dirigí hacia Montmartre. Siempre que quería dar una vuelta para distraerme me iba a algún lugar donde las calles están llenas de turistas para ver distintas caras, culturas, parejas… Siempre he disfrutado viendo a la gente y observando sus formas de hacer y vivir las cosas. Es algo que mi madre me enseñó desde pequeña y he querido mantener la tradición.

A media tarde, después de estar paseando un buen rato, me senté en la terraza de un bar para merendar. Me pedí un café con leche y un croissant.

Curiosamente, un año atrás, o bien no me hubiese pedido un croissant o bien hubiese acabado en la basura, pero ahora sentía que de vez en cuando podía disfrutar de este pequeño capricho.

Mientras me lo comía, me dedicaba a observar unos cuadros de algún artista desconocido que habían en el otro lado de la calle en forma de exposición improvisada. Parecía que nadie los estaba vigilando, pero al cabo de un rato, me fijé en un chico que cruzaba la calle con un café en la mano, se sentaba en una silla plegable que había al lado de los cuadros y apoyaba la espalda en la pared.

En su cara se veía una expresión de artista orgulloso de su trabajo, que me recordó a la mirada que un padre dedicaba a su hijo cuando éste hacía algo bien.

Mientras le daba un sorbo a mi café, miré mi plato. Todavía me quedaba medio croissant. Cuando volví a mirar arriba, el chico me estaba mirando.

Miré fijamente sus ojos; eran preciosos. Aunque estuvieran un poco escondidos detrás de unas gafas, podía ver que eran muy claros. No estaba segura de si eran puramente verdes, pero lo que sí estaba segura era de que eran los ojos más bonitos que había visto en mi vida.

Me di cuenta de que llevaba probablemente demasiado rato mirándolo fijamente cuando vi que me sonreía mientras inclinaba la cabeza hacia un lado. Dirigí mi mirada nuevamente hacia mi café, demasiado avergonzada como para mirar de nuevo hacia arriba. Ya podía notar que el calor de mis mejillas se convertía en un rojo delatador y que mi corazón latía con más fuerza de lo normal. En cierta forma eso me hacía sentir bien y muy rara al mismo tiempo. Era una sensación muy extraña que hacía mucho tiempo que no sentía.

Mientras pensaba cuál sería mi próximo movimiento, no me estaba dando cuenta de que el chico estaba cruzando la calle y viniendo directamente hacia donde me encontraba yo.

– Hola – El chico se había parado al otro extremo de la mesa en la que me encontraba yo. Me pilló tan de sorpresa que no supe qué hacer a parte de mirarle como una tonta, incapaz de articular una sola palabra. Imagino que se dio cuenta de mi torpeza mental así que siguió hablando. – No he podido evitar darme cuenta de que estabas mirando en mi dirección. ¿Te ha gustado alguno de mis cuadros? -.

– Uhm… Sí, son muy bonitos. ¿Los has pintado todos tú? -.

– Sí, son todos míos. Son mi último trabajo -.

– Pues es realmente bueno. Me gusta. – No estaba segura de qué más decir.

– ¿Te importa que me siente un rato contigo? – Me estaba sonriendo otra vez, esperando mi respuesta.

– No, claro que no. Siéntate. ¿Pero no deberías estar con tus cuadros? -.

– Estarán bien. Los puedo vigilar desde aquí. Además, no creo que vayan a ir a ninguna parte.

– Qué gracioso. – Wow, estaba sonriendo de verdad.

– Eres muy bonita cuando sonríes, tienes unos hoyuelos al lado de los labios que hacen que te veas super inocente, como una niña. – ¿Me estaba tirando la caña? Imposible. La gente no me tira los tejos a mi, no estoy hecha para eso. He nacido para estar sola.

– Tierra llamando a la chica del café, ¿estás con nosotros? – Oh mierda, no me he enterado de lo que me ha dicho.

– Perdona, ¿qué decías? – Dios, qué vergüenza. Debo de estar quedando como una tonta. Sonriendo otra vez, me repitió la pregunta.

– ¿Cómo te llamas? – Esperó a que esta vez sí que le respondiera.

– Chloe. – ¿Por qué le contesto en monosílabos? Piensa en algo más que decir. – ¿Y tú? – Oh, en serio, ¿sólo dos palabras?

– Me llamo Hugo, y soy un artista incomprendido, por así decirlo. – Otra broma, ojalá yo fuera igual de espontánea.

– ¿Y por eso vendes tus cuadros en la calle? – Dios mío, ¿qué era eso, un intento de parecer graciosa?

– Qué lengua más afilada. – Lo acabo de ofender. Bien hecho Chloe.

– Perdona, no quería decir eso. Lo que quería decir era que…

– No te preocupes, sé lo que querías decir.

– De verdad, lo siento. No soy muy buena con la gente. Soy lo que la gente llama  una rarita. – Le dirigí una mirada de disculpa.

– ¿Por eso estás sentada aquí sola? ¿Porque no eres buena con la gente? – Ouch. Ese sarcasmo era igual de afilado que mi genial broma. – Es broma, pero supongo  que estoy sorprendido que una chica como tu esté bebiendo café sola.

– ¿Una chica como yo? – ¿Qué significaba eso? ¿Debería ofenderme?

– Sí, ya sabes, una chica joven y guapa, bien vestida y con un aire melancólico. Parece imposible que estés aquí sola. – Hizo una pequeña pausa. – No sé, quizás con un par de amigas, o un novio. – Levantó la mirada hacia mí, mirándome a través de sus pestañas. ¿Se estaba poniendo rojo?

– Uhm, no. Ni amigas ni novio. Nadie tiene tanta paciencia. – Dije eso sonriendo, como haciendo media broma, pero para ser sincera, lo pensaba de verdad.

– Oh, eso no me lo creo. Se te ve muy maja.

– Oh, gracias, supongo. – Oh no, me estaba poniendo roja otra vez. Di algo más. 

Sí, salvada por la campana. 

– Hay un hombre mirando uno de tus cuadros. – Dirigí la mirada hacia un hombre mayor que llevaba un sombrero marrón y un paraguas que usaba a modo de bastón.

– Pues sí, debería ir para allá, pero toma, coge esto. Es mi número, en caso de que algún día te apetezca beber café conmigo. – Se levantó mientras me dirigía una última sonrisa.

– Sí, claro. ¿Por qué no? – Le devolví la mirada mientras guardaba el papel que me había dado con su número en mi bolso. – Ya nos veremos.

– ¡Lo dejo en tus manos! Adiós. – Se dio la vuelta, cruzó la calle y empezó a hablar con el hombre que miraba sus cuadros.

Me acabé el croissant en cuestión de segundos y me dirigí rápidamente a casa. Tenía que escribir lo que me acababa de pasar en el diario.

Después de tanto tiempo pensando que no le podía gustar a nadie y llega ese chico, obligándome a replantearme todo eso.

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