Lluvia en París II

Viendo a tanta gente correr no puedo evitar fijarme en un chico que está quieto, que no se protege de la lluvia. Al contrario, parece ser que busca mojarse. ¿Por qué? Aunque sea verano hace viento, y con el agua hace incluso frío. La gente se ha puesto sudaderas o chaquetas finas, pero este chico sigue en manga corta, con los brazos abiertos y la mirada al cielo.

“Qué chico ta curioso”, me da por pensar. Estoy tan absorta mirando lo que está haciendo que cuando me doy cuenta ya he derramado más de la mitad de mi café con leche.

La gente se lo queda mirando con curiosidad y sospecha, pero parece que al chico no le importa lo que piense la gente. “Qué suerte”, pienso yo. Quizá debería importarme un poco menos lo que los demás opinen de mí.

Estoy tan metida en mis pensamientos que no me doy cuenta de que el chico  está mirándome hasta que vuelvo a clavar la mirada en él. Al darme cuenta de que está observándome, me escondo sin pensarlo dentro de casa, pero me tropiezo con el cenicero que había dejado en el suelo y me caigo de morros, soltando un sonoro ¡ay! y sintiéndome ridícula aunque sé que nadie ha podido ver mi penosa caída.

Me quedo sentada de culo un momento hasta que, a cuatro patas, me atrevo a asomarme otra vez al balcón para ver si el chico sigue ahí, mirando en mi dirección.

Ya no está, no se le ve por ninguna parte. Por un lado me alegro de que se haya ido, así hay más posibilidades de que no haya visto la forma en la que me he vuelto a asomar, pero por otro lado me da pena haber perdido de vista ese chico que me ha llamado tanto la atención.

Resignándome  después de valorar las posibilidades de volver a ver a ese chico o encontrarlo de alguna forma sin saber nada de él, vuelvo a mi mundo y cojo la fregona para limpiar el derrame del café que ha manchado el suelo de la terraza.

Una vez hechas las tareas del hogar, me meto en la ducha para quedarme como nueva y al salir decido qué es lo que voy a hacer con mi día. Hoy no tengo que ir al hospital, no tengo terapias, así que tengo todo el día para mí.

En cierta forma me asusta; antes hubiera usado ese tiempo para autodestruirme de alguna forma: autolesiones, restricción, días de ayuno, soledad, tristeza, rabia y sufrimiento. Así eran mis días antes de decidir poner fin a todo eso y empezar tratamiento.

Sufrimiento. Esa era la palabra que llevaba escrita en la frente y grabada a fuego en el corazón. Ahora la palabra que me acompaña es esperanza. La llevo escrita en la frente, grabada a fuego en el corazón y representada en el brillo de mis ojos.

La mañana se me pasa rápido. Llega la hora de la comida y me decido por una ensalada de pasta y un buen filete de salmón a la plancha. Mi madre aprovecha la pausa de comida de su trabajo para llamarme y preguntarme cómo ha ido la mañana, a parte de hacer un pequeño control para saber si ya he comido.

A veces me agobia que me pregunte constantemente sobre las comidas, pero otras veces agradezco que me pregunte, pues así me es más difícil ceder a la tentación de saltarme alguna comida.

Al colgar el teléfono, me pongo con el segundo plato sin prestarle la más mínima atención porque estoy demasiado concentrada recordando al chico que disfrutaba mojándose bajo la lluvia. Iba vestido con una camiseta gris, unos tejanos que le llegaban a las rodillas y unas bambas negras. Tenía el pelo corto por los lados y más largo en el centro. Llevaba gafas y una barba bastante densa que le definía la cara y lo hacía muy masculino.

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