Lluvia en París I

París ha amanecido con el cielo nublado cuando he salido a comprar el pan y las primeras gotas han empezado a caer cuando acababa de preparar el bocadillo del desayuno.

Sí, he vuelto a entrar en la cocina después de tanto tiempo. Sí, he sido capaz de usar el cuchillo solo para cortar el pan y no a mí misma, y sí, he sido capaz de comerme hasta el último bocado del bocadillo.

Mi madre se había ido al trabajo a las siete de la mañana así que no nos hemos visto. La verdad es que con el nuevo trabajo y el novio que ha encontrado, poco nos vemos últimamente.

La echo de menos, pero sé que es feliz así. Imagino que después de lo de mi hermano, con lo mal que lo ha pasado, se merece un poco de felicidad. Pasárselo bien otra vez.

Me hace feliz verla así, con las horas ocupadas haciendo algo que la motiva, con un amor con quien compartir momentos y con una hija que poco a poco va recuperándose de una anorexia y vuelve a recobrar esa vitalidad que la hacía comerse el mundo.

Ahora veo, siendo más consciente, la importancia que tiene en mi hogar que yo me coma un simple desayuno. Mi madre ha sufrido mucho al verme tan enferma. Una anorexia puede no solo destrozar la vida de la persona que la sufre sino también la vida de sus seres queridos. Y yo sé que ella lo ha pasado muy mal, y verla así fue lo que me motivó a empezar tratamiento y seguir adelante. A ingresar en un centro donde me ayudarían a lidiar con mi sufrimiento, a entender y escuchar mis emociones y sobretodo a aprender a gestionarlas. Porque no basta con evadirse del sentimiento de tristeza enfocando todos tus sentidos en un número de la báscula. Igual que tampoco es suficiente con sacar la rabia contra tu propio cuerpo, dejando cicatrices que te recordarán cada uno de esos momentos vividos.

Pues bien, para cuando acababa de desayunar, las primeras gotas de lluvia se habían convertido en gotarrones que caían en forma de tormenta de verano. Aproveché ese rato para salir al balcón con el café en una mano y con el cigarro en la otra, para disfrutar del espectáculo que brindaba esa tormenta.

Las calles se veían llenas de transeúntes que corrían arriba y abajo con el paraguas en la mano.  Había algún que otro despistado que no había previsto un día de lluvia y no le quedaba otra que correr bajo los balcones buscando refugio de la lluvia.

Yo, como buena voyeur, que soy cuando estoy en mi coffee moment en la terraza, no podía evitar sonreír al ver que sus esfuerzos eran en vano.

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